Por Sindia Pérez

La moda se encuentra en una crisis existencial en todas sus facetas, tanto comerciales como creativas. Esta industria se ha convertido en uno de las mayores causantes del cambio climático en nuestro planeta. Se produce mucha más ropa que hace 20 años, pero su tiempo de uso y duración en el armario de una persona se ha disminuido de manera exponencial. 

Muchos de los materiales que se producen masivamente son sintéticos, por ende provienen del petróleo, causando grandes porcentajes de emisiones al aire. Los materiales sintéticos no son biodegradables, ni en muchos casos reciclables.

De la única manera que se puede tener un armario 100 por ciento sustentable es mediante la adquisición de piezas “vintage” o de segunda mano, lo que no “cuaja” con los ciclos de comercio en la moda.

Una búsqueda en Google acerca del desastre en la fábrica de textiles Rana Plaza, en Bangladés, es más que suficiente para ver cuántas compañías de las que todxs hemos adquirido algún artículo de ropa son facilitadoras de esta crisis mundial.

Compañías billonarias como H&M e Inditex —dueños de la famosa tienda de ropa Zara—  han prometido ser totalmente sustentables en menos de una década. Sin embargo, son extremadamente criticadas porque no han disminuido su excesiva producción de moda rápida o “fast fashion”. 

Aunque el movimiento de mantener un “closet” sustentable incrementa en popularidad, de todos modos excluye a las personas negras, indígenas, aborígenes y de otros orígenes no blancos (que son las comunidades que han luchado por un mundo sostenible desde el principio).

A veces, adquirir prendas “slow fashion” requiere de un privilegio monetario al obligarnos a retar ese acondicionamiento de comprar y comprar cada vez que vemos algo nuevo en los comercios. Ese desbalance e inequidad económica es lo que nos impide practicar la sustentabilidad al 100 por ciento.

Podemos decir que estas empresas ofrecen precios accesibles y estilos casi idénticos a los de las pasarelas. No obstante, esas grandes cadenas de producción pagan casi nada a lxs empleades de la aguja, generalmente mujeres de comunidades y países al margen de la sociedad.

Por unos céntimos diarios, estas producen hasta 200 artículos de ropa por hora, sin uniones que les protegen o les defienden sus derechos por trabajar en condiciones de seguridad deplorables y en planta física peligrosas. Es, a fin de cuentas, una esclavitud laboral de la que solo se beneficia el mundo occidental y generalmente blanco. 

Varixs líderes tales como mi favorita, Aja Barber, exigen desde hace varios años interseccionalidad en el asunto. Ha preguntado por qué son estas comunidades marginadas —y usualmente víctimas de la colonización—, las que más sufren el impacto del cambio climático.

Es nuestro deber excavar en las profundidades del conocimiento y retar a nuestros cerebros, para dejar nuestro ego a un lado y buscar las suficientes referencias para conectar el racismo, el colonialismo, el sexismo, la supremacía blanca y la desigualdad económica al cambio climático.

Al final, no nos convertiremos en la perfección de la sustentabilidad. Pero, sí en consumidores más conscientes en el mundo de la moda.

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